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BASES PARA UNA BUENA EDUCACION

abuelo

Si alguien preguntase a cada padre y a cada madre para que es que están educando a sus hijos, no tenemos la menor duda de que la respuesta unánime sería ésta: "para que se vuelvan personas bien ajustadas en la sociedad y sean felices."

Si, entre tanto, después de esto, les fuese preguntado, también, que es lo que han hecho para alcanzar ese objetivo, las manifestaciones ya no serían tan uniformes, porque no en todos los hogares tienen una noción exacta de como actuar para educar bien a los hijos,

Esto quiere decir que todos nosotros queremos lo mejor para nuestros hijos, pero pocos se interesan por conocer las mejores técnicas de relaciones con ellos y poquísimos los que perseveran en su aplicación.

Nada es más importante, en materia de educación, que preparemos a nuestros hijos para que se tornen libres, pero responsables, seguros y conscientes de la utilidad de las leyes y normas disciplinarias, sin cuya observación la vida en sociedad sería imposible, obteniendo de ellos una adhesión espontánea y un consentimiento pleno a las mismas.

Casi siempre, sin embargo, en vez de motivarles y de entrenarles para eso, preferimos exigir de ellos una obediencia inmediata e incondicional, usando y abusando de las amenazas, de los castigos corporales y otros recursos calcados de la violencia, sin que sospechemos que ese camino puede ser el más corto, pero es también el más nocivo para la formación de su personalidad, o sea, al florecimiento y maduración de sus potencias y virtudes.

Afirma la psicología moderna que la educación infantil es perfectamente posible sin el uso de pescozones, golpes, zurras, gritos e insultos, siempre que se dé al niño el amor, la atención, el respeto y la protección que él necesita, merece y debe recibir.

Se hace menester, eso sí, conocer una serie de cosas básicas que, debidamente observadas, podrán contribuir bastante para que seamos bien sucedidos en la ardua, difícil y heróica tarea educacional.

He aquí las principales:

LAS LEYES DEL CRECIMIENTO

Los padres no deben solicitar al niño nada que sobrepase el nivel de madurez que le sea propio, o que contraríe la psicología de la edad. Ejemplos: No pedirle que se quede quieto mucho tiempo; que juegue sin mojarse; que esté siempre limpio y bien peinado; que no rompa los juguetes; que no sienta celos y no se pelee; que sea contrariado y no replique; que sea "educado" con las visitas; que vaya a fiestas y se comporte bien; en fin, que actúe como si fuese un "pequeño adulto".

Considerando que cada niño tiene un ritmo propio de desenvolvimiento, no deben, también, incentivar a los hijos demasiado pronto, ni frenarlos cuando ya sean maduros para dar un paso al frente.

Aceptar, como normal, a partir de cierta edad, la oposición del hijo, siempre que no se vuelva sistemática: ¡no hago! ¡no voy! Y su auto afirmación: yo creo... yo quiero..., viendo en eso, no un desacato a los padres, sino signos naturales de maduración, de independencia, que no deben ser frenados, pero sí estimulados, favorecidos. Cómo? Evitando herir los puntos sensibles, usando diplomacia, absteniéndose de provocar irritaciones.

"Reducir a un joven a la condición de autómata, sin opinión, sin iniciativa, sin ánimo para enfrentar opciones y debates, es fracasar en la obra forjadora de libertad."

(María Junqueira Schmidt: "Educar para la Responsabilidad", p. 62, ed. AGIR, 4a. edición.)

 

El PUNTO DE VISTA DEL NIÑO

Para los padres, la desobediencia es siempre considerada como un grave defecto que precisa ser corregido a cualquier precio, mientras que la obediencia es constantemente alabada como siendo una buena cualidad.

Desde el punto de vista del niño, sin embargo, la desobediencia significa revuelta contra la orden de los adultos, normalmente contrarias a su naturaleza (¡no corras!) y a sus sentimientos (¡para con ese juego y ven a bañarte!).

La obediencia y la desobediencia deberían, pues, ser analizadas bajo esos dos aspectos. Pero, eso no acontece en la educación habitual, de absoluto, irrespeto al punto de vista infantil.

"¡El niño tiene que obedecer y basta!" dicen los padres, sin darse cuenta de que el niño pasivo, que todo lo acepta sin protestar, es, muchas veces, psíquicamente depauperado y de ánimo debilitado, lo que debería inspirarles preocupación y no regocijo.

 

LA AUTORIDAD

Ejercer autoridad sobre los niños y jóvenes es; ciertamente, muy necesario. Porque hay padres que desisten de ese derecho, o mejor, de ese deber, y, sin el mínimo interés por la educación de los hijos, déjanles crecer como crecen los perros y los monos, y es por eso que vemos por ahí tanto desorden, tanto impudor y tanta criminalidad.

Esa autoridad, entretanto, no puede ser opuesta a la edad, al temperamento y al desenvolvimiento íntimo del hijo; no puede, nunca, significar tiranía y subyugación, sino amor, ayuda, compañerismo, comprensión y estímulo, para que él, sintiéndose protegido y seguro, tenga confianza en los padres y se entregue, despreocupado, a su comando, ajustando su ser en la ejecución de las órdenes recibidas.

"Ved, no desprecies a algunos de estos pequeñitos..." (Mat., 18:10)

"Cuando Jesús nos recomendó no despreciar a los pequeñitos, esperaba de nosotros no solamente medidas providenciales alusivas al pan y a la vestimenta. No basta alimentar minúsculas bocas hambrientas o abrigar cuerpecitos helados. Es imprescindible el abrigo moral que asegure al espíritu renasciente el clima de trabajo necesario para su sublimación."

(Francisco Cándido Xavier, Emmanuel, Fuente Viva, cap. 157)l

Rodolfo Calligaris

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