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No obstante todos los cuidados que hemos apuntado, no siempre el niño obedecerá a los reglamentos, ni siempre hará lo que debe. Cometerá errores, hará provocación, tendrá desvíos de conducta, tomándose necesario, entonces, que, para corregirlos, los padres recurran a algunos instrumentos denominados "correcciones y recompensas".
Pero,
1. ¿cuándo,
2. cuánto,
3. cómo deben ser aplicados y
4. qué objetivos deben ser alcanzados por tales instrumentos, para que realmente mejoren al niño?
Es extremadamente difícil responder a esas indagaciones con sugestiones específicas, ya que en virtud de las diferencias de personalidad, tanto de los padres como de los hijos, la misma situación o experiencia puede afectarles de diversas maneras.
Hay, entretanto, un relativo acuerdo entre los que más entienden del asunto, que de las correcciones:
Hasta los siete años precisan ser inmediatos, es decir, deben seguir al comportamiento indeseable o prohibido, de modo que el niño perciba la relación causa - efecto, y no "cuando tu padre llegue". Será de todo inútil castigar a un niño por la noche por algo que haya hecho por la mañana. Después de esa edad, conviene pensar un poco antes de determinar el castigo, para que la carga emocional del educador no lleve a excesos e inconveniencias.
Han de ser pocos, porque aplicados a menudo vician, exigiendo dosis cada vez más fuertes. Como dijo alguien, "el castigo debe ser lo último, y no lo primero o el único recurso educacional".
Carecen de ser justos, es decir: a) adecuados al autor del error (no se debe corregir, con el mismo rigor, a un niño de tres años y a otro de diez, ni a un niño sensible y a otro empedernido);
b) proporcionarles a la naturaleza de la falta (un gesto de maldad o un irrespeto al derecho ajeno deben ser objeto de corrección más duro que una leve desobediencia).
Deben corresponder a las necesidades del educando, o sea: corregir sus defectos, impedir la formación de hábitos condenables, marcar bien la diferencia entre una acción buena y otra mala, mostrar las consecuencias desfavorables de la inobservancia a los reglamentos.
El castigo debe todavía ser firme (nunca relajarlo, a menos que se reconozca ser inmerecido), relacionado con el error (ensució, limpió; rompió, trata de arreglar) y liberalizador de la culpa (terminada la punición, se olvida el incidente y se continúa tratando al niño como si nada hubiese ocurrido).
Es preciso se sepa, eso sí, que no todos los tipos de correcciones concurren para educar.
Se tienen como admisibles:
En la infancia
Forzar al niño a actuar o interceptarle la acción (obligarle a tomar o salir del baño, cepillarse los dientes, impedir que juegue con fuego u objetos cortantes, que maltrate a los animales o niños menores, que dañe muebles, que promueva algazára, etc.).
Ignorarle (no hacer caso para lo que él hace cuando, de alguna forma, pretenda enfadarnos o agredirnos).
Privarle, temporalmente, de su "hora social" (jugar con amiguitos, ir a pasear al jardín).
Darle unas palmadas (cuando se haga menester establecer una asociación penosa a las acciones que le hayan sido prohibidas o que puedan causarle daño).
En la niñez y adolescencia.
Los preestablecidos (previamente discutidos y convictamente aceptados por el educando). Vía de regla, implican pérdida de privilegios y cosas semejantes, como, por ejemplo, quedarse en casa, estudiando, el domingo por la mañana, en vez de ir a jugar al fútbol, para compensar la pérdida de un día de clase.
Los policiales (indicados como medida de urgencia, para casos en que el comportamiento destructivo del educando se constituya en una amenaza a sí mismo o a la colectividad). Ejemplos: impedir que se integre en bandas vandálicas, tomar la llave del coche.
En cualquier edad
Los inmanentes (resultantes de la propia acción u omisión). Ejemplos: insistir en subir aquí o allí y caerse; malgastar el "sueldo" y ponerse "rudo", dormir de más y perder un paseo.
Los de cualquier naturaleza, siempre que aceptados como merecidos y necesarios, es decir, no traduzcan rechazo, pero sí interés por la buena formación del educando.
Necesario sea dicho, en esta ocasión, que una de las mayores necesidades del niño y del adolescente es aprender a vivir dentro de límites sensatos. Si le es permitido hacer lo que bien entienda, llegará a pensar que los padres no se interesan por él, con lo que su seguridad será destruida. Correcciones que no se recomiendan:
- poner al niño sentado o de pié en un rincón, sin moverse y/o sin hablar, por largo tiempo;
- obligarle a estudiar más allá de lo razonable;
- privarle de alimentarse;
-mandarle a la cama antes de la hora.
Otros, totalmente perjudiciales:
los que provocan miedo (amenazas de entregar el niño al hombre del saco, encerrarle en un cuarto oscuro);
los que humillan (bofetones en la cara, ir a buscar la correa para pegarle, reprimendas delante de terceros);
los que generan rencor y espíritu de venganza (atarle, quemarle, restregarle pimienta en la lengua, palizas violentas, prohibiciones maliciosas);
los aplicados por necesidades de los padres y no del niño (las descargas de ira y mal humor, las actitudes hostiles oriundas de frustraciones, mecanismo de transferencia, etc.).
En lo que toca a las recompensas, constituyen recursos pedagógicos válidos apenas cuando sirvan de estímulo. Para eso, es preciso que:
- sean dadas como sorpresa, ante la superación de una deficiencia;
- no se tornen habituales, para que el educando no forme una noción falsa de la realidad de la vida, suponiendo que todo funcione en la base de los premios;
- no se conviertan en la principal razón del esfuerzo (prometer chocolate a un niño para que se comporte bien y correr el riesgo de solamente obtener buen comportamiento a cambio de esa golosina).
Inconvenientes de los premios:
- crean una personalidad interesada, perjudicando el ideal de la verdadera realización personal;
- en dinero, además de mercadear, alimentan la ganancia;
- hechos por distinciones, despiertan orgullo, rivalidades, etc.
¿ Qué es corrección? cierta suma de dolores necesaria a disgustar el culpado de su deformidad, por la experimentación del sufrimiento. La corrección es el aguijón que estimula al alma, por la amargura a doblarse sobre sí misma y a buscar el puerto de salvación. La corrección sólo tiene por fin la rehabilitación, la redención."
(Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, c 1009, comunicación de Pablo, apóstol)
"Exímanse los padres de prometer, a los niños que estudian, cualquier premio o dádiva como recompensa o (falso) estímulo por el éxito que alcancen en el aprovechamiento escolar para no viciarles la mente.
La noción de responsabilidad en los deberes mínimos es el punto de partida para el cumplimiento de las grandes obligaciones."
(Waldo Vieira, André Luis, Conducta Espirita, cap. 21)
Rodolfo Calligaris