EL DOLOR REGENERADOR
Multimilenario operario del progreso, está en todas partes.
Inherente en la naturaleza universal, es el servicio incansable de la vida, en el incesante trabajo de la evolución.
A pesar de ser anatematizado y perseguido, no cesa su labor, prosiguiendo infatigable, hasta lograr el acondicionamiento de cuantos padecen su imposición, desapareciendo y resurgiendo hasta producir las metas ideales.
En los reinos inferiores de la vida, se manifiesta sutílmente y realiza su menester. Como aún se encuentran destituidos del sistema nervioso y emocional, los que reciben su acción en ese período, sienten, no sufren.Entre tanto, encargado por Dios para arrancar de la ganga la gema y de la brutalidad la belleza, produce en los aprendizajes más avanzados de la vida y en el hombre en particular, el ministerio sagrado de la iluminación y de la paz.
Encontrándose hoy destituido de las connotaciones infelices que la ignorancia religiosa, en el pasado, le atribuyó: castigo, punición, venganza, se torna, cuando es comprendido, en obrero indispensable de la real felicidad humana.
El dolor, es el fenómeno natural de la propia vida.
El impositivo biológico establece que el ser vegetal, animal y hominal nace, vive, siente, se desgasta y muere...
El proceso de desgaste, va acompañado en forma natural cuando hay sensación y emoción en el ser que se depura, por un delicado fenómeno, que es el dolor. A pesar de eso, se puede decir que el dolor se expresa mejor conforme el grado de sensibilidad de quien sufre su presencia, por cuanto, es mayor o menor corrección o bendición, pero siempre dádiva de Dios, según la actitud de aquel que sufre su constreñimiento.
Para unos, el dolor físico constituye una imposición tormentosa que los aflige y desespera; para otros, el desprecio por la reflexión, la alienación del discernimiento sobre los deberes morales y sociales, se transforman en fuga agradable que parece liberarlos de la responsabilidad, permitiéndoles conducirse en la desidia, pero no les impedirá nunca despertar más tarde, ante la invitación del dolor.
En algunos hombres, la presencia del disturbio emocional sobre las claridades de la lucidez, se transforma en tormento de amplio alcance que los desgasta, introduciéndoles los aguijones de padecimientos infinitos en las mallas sutiles de la sensibilidad, con los que, aún estando afligidos, descubren los legítimos valores de la vida que antes malbarataron.
En las criaturas espiritualmente capacitadas para la superación de la brutalidad atávica del cuerpo, el dolor tiene una significación moral de gran alcance, que se transforma en estímulo para proseguir en la lucha, ya que, con ese sacrificio, se engrandecen, marchando hacia una vida superior y se liberan, finalmente, de la rueda de las necesidades reencarnatorias inferiores...
En cualquier posición que sea considerado, el dolor llena la ausencia del amor no presente y despierta el ansia de ternura.
Aquel que no encuentra un motivo de atracción hacia Dios en nombre del amor, por falta de sensibilidad en los escondrijos del yo personalista en el que se demora, queda entregado a la catapulta bienaventurada del sufrimiento que lo impulsa hacia la dirección que le corresponde, aunque se obstine en permanecer lejos de la verdad.Por eso el dolor no debe ser encarado en la condición de punición divina, sino como un proceso normal de evolución mediante el cual el ser se libera, como la gema que se liberta del envoltorio grosero bajo los golpes de la lapidación.
La tierra produce más cuando es trabajada, surcada por el arado, aturdida por el abono, visitada por la semilla. Cuanto más es instado por el sufrimiento y abonado por la fe, el hombre más avanza, mejor progresa.
Nadie consiguió en la Tierra, con excepción del ungido de Dios, elevarse en el rumbo divino, sin la contribución laboriosa de esa diligente hermana: la agonía, que es hija del dolor.
Asimismo, enseñando con humildad y sabiduría el provechoso mensaje del sufrimiento, Jesús experimentó la contingencia terrestre del impositivo del dolor sin ninguna queja ni lamento, a fin de que el hombre no tuviera motivos para rehusar esa imposición penosa y necesaria cuando fatalmente es convidado a buscar la vida mayor.
Resistirse, litigar, arrojarse en el despeñadero de la rebeldía, huir de su presencia generosa, son medios encubiertos y muy graves de burlar la vigilancia de las leyes soberanas, encadenándose al impositivo de una mayor suma de dolores.
Debemos aceptar libremente el dolor, convertirlo en consejero amigo que fácilmente logra su aspiración, sin las contribuciones de la desesperación y de la aflicción.
Si se lo rechaza negándosele amparo, retorna, surgiendo desde lo íntimo del ser, y lo domina, produciendo una férrea subyugación que rompe todas las resistencias, y consigue alcanzar sus objetivos, con golpes de mayor pujanza.
A fin de que su curso sea breve en la historia de la evolución del hombre, la Divinidad concedió al espíritu en progreso, la sublime dádiva del libre albedrío, con el cual, amando, puede crecer más fácilmente...
Por la elección de la siembra libremente aceptada, se programa la presencia del dolor o del amor en la irreversible cosecha posterior...Si siembra esperanza y luz, recoge claridad y bendiciones; si esparce zarzas y espinas, cosecha heridas y aguijones. Cuando ama, el dolor se transforma en una tea que arde en forma de ideal íntimo, al mismo tiempo que es combustible y llama que vitaliza y aclara el verdadero deseo del rumbo a seguir por aquel que lo conduce.
Si expulsa el amor de los paisajes interiores, se refugia, discreto: el hombre lo recoge sin percibirlo, por cuanto, cuando el amor se ausenta, el dolor se instala.
De este modo, toda expresión de sufrimiento, es contribución de la Vida en beneficio de cada vida.
Aplicado en forma edificante, es un tesoro que abastece el porvenir; el no respetarlo, es una falta que produce carencia para el mañanaEl problema del dolor es el problema del comportamiento del hombre.
En la estructura de la evolución, el dolor desempeña un papel primordial, sin el cual, sería lenta, difícil, casi inaccesible la conquista de la perfección en la jornada que el ser emprende, en la búsqueda de la plenitud.
Juana de Angelis
Mensaje psicografiado por Divaldo Pereira Franco