LA COMUNION CON DIOS El hábito de la plegaria
Dando curso al benéfico programa iniciado por Jesús, el de reunirse con los discípulos para los elevados fines de la comunión con Dios, mediante el ejercicio de la conversación edificante y de la plegaria renovadora, los espiritistas deben reunirse con regularidad y frecuencia para revivir, en la plegaria y en la acción ennoblecedora, el culto de la fraternidad, con el cual deben sustentarse cuando las fuerzas físicas y morales estén debilitándose, para loar y rendirle gracias al Señor por todas sus concesiones, para suplicar merced y socorros para sí mismos, tanto como para el prójimo, esté éste en el círculo de la afectividad doméstica de la consanguineidad, se encuentre en probaciones redentoras o se extienda por los caminos de la inmensa familia universal.
De la unión en la plegaria salen todos restaurados y optimistas, renovados y reconfortados, por tantos medicamentos eficaces para las empecinadas llagas que instan por predominar como consecuencia del atavismo pernicioso, como surgen las satisfacciones por la oportunidad de compartir los dolores y las aspiraciones de los compañeros de jornada, participando de los justos problemas que constituyen la pauta para los inmediatos emprendimientos y metas del Espíritu necesitado.
Previendo que un vigoroso impulso egoísta convocase a los fieles a la oración solitaria, lejos de la solidaridad que deben sustentar todos los hombres por los caminos de la evolución, el Maestro propuso que "donde dos o tres estén congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos" (Mateo 18.20), en una evidente demostración de que los ríos de la oración, fluyendo hacia el mar de la divina gracia, no deberían presentarse como pequeñas corrientes individualistas, separadas, sino como arroyos convergentes que se unen en una poderosa vertiente que se mezcla en el delta de las Regiones Superiores de la Vida.
No es que el Señor desprecie la oración realizada con sinceridad, en el silencio de la soledad, por cuanto El convidó a sus discípulos a que se refugiaran en el seno del hogar, sin que los ojos curiosos del mundo los viesen, a fin de que, en secreto, se presentaran ante Dios, desnudándose de los atavíos y complejidades exteriores con los que las criaturas se manifiestan las unas a las otras.
En su coloquio con el Padre, el Espíritu se despoja de las artificialidades y de lo superficial por saber, que desnudo o no, es conocido por Aquel a Quien busca, siéndole mejor exteriorizarse tal como es, conforme se encuentra, que proseguir en las expresiones mentirosas que nada logran de útil o productivo. Asi mismo, en esa comunión del alma que ora con el Señor que la escucha e inspira, es más fácil la humildad, el entrenamiento para el autoexamen de las imperfecciones, evitando los constreñimientos que las presencias amigas o desconocidas normalmente imponen. Luego de esos interludios individuales, en los que el ser se prepara para deberes más importantes, le es más fácil ir hacia tentativas más trascendentales, cuando siente la necesidad de la plegaria en conjunto.Otras veces, la falta de hábito de la oración, la ausencia de técnicas referidas a la concentración, constituyen serias dificultades para los que inician en la plegaria a solas.
En ese caso, la convivencia con otros que se capacitaron "en anularse para poder compenetrarse de Dios", enseña los medios hábiles para preparar a los neófitos y prepararlos para el ministerio solitario.
Además, la oración en conjunto, impulsa a la criatura a interesarse por su hermano, a estar al lado de aquel con quien no simpatiza, a estar juntos a los ofensores, y es en ese momento en el que, de acuerdo con la recomendación del Maestro, tendrá oportunidad de renovar sus vibraciones de animalidad, tomándolas agradables, y de hacerse receptivos a la cordialidad, en franco proceso de drenaje del mal.
- "Y cuando estéis orando, perdonad" - aseveró El, con imperativa determinación, a fin de que, a su vez, el ser humano se haga merecedor del perdón de Dios por sus incesantes faltas, de las cuales, en la oración, busca excusarse, ruega olvido de los errores cometidos, suplica misericordia.
A pesar de las imperfecciones individuales, cuando el grupo se reúne para orar, se amalgaman las aspiraciones, y los selectores de pedidos del Mundo Espiritual, registran e identifican las aspiraciones globales y, tomando como base el término medio de las mismas distribuyen atenciones y auxilio sin predilecciones ni separatismos, brindando beneficios en un todo armónico.
Las mentes que se entrelazan por los hilos invisibles de las afinidades de gustos, aptitudes y caprichos, están en permanente permuta de mensajes entre los hombres y éstos con los Espíritus desencarnados, en forma recíproca.Toda fijación de una idea, todo pensamiento, emite una fuerza que actúa en una onda vibratoria que le es propia, que se presenta al centro de registros hacia donde se dirige, encontrando receptividad o perdiéndose por falta de sintonía en la faja equivalente.
De este modo, las mentes que se resguardan en la oración, defienden la casa mental de la agresividad ajena, de las intervenciones perniciosas y, simultáneamente, se mantienen indemnes a los petardos de las pasiones y animosidades que les son encaminados por encarnados aturdidos y viciosos o por Entidades vengativas, ociosas, perversas, cultivadoras de la envidia y de la insensatez.
- "Todo cuanto pedís al Padre, a través de la oración, El os lo dará" -, asintió el Señor. Es obvio, que las solicitudes deben ser encaradas desde un punto de vista noble, sin que la jactancia y la presunción formen esquemas de automerecimientos vanos en los cuales se presuponga que basta pedir para recibir o alcanzar, simplemente.
Es indispensable saber pedir, comprender el fin para el cual se pide y lo que realmente se necesita para pedir.
Solicitar por solicitar no produce ningún resultado digno de hacer notar. Llenar los planos de pedidos con ruegos de frivolidades y de cosas superfluas, de forma alguna constituye un requerimiento digno de respeto o crédito.
El rogar maldiciones, castigos y venganzas contra otros, por considerarse víctima de injusticias o heridas, jamás alcanza un registro positivo, conviertiéndose en falta para el apelante que pretende transformar los graneros de la misericordia divina en núcleos de ofensas personales, venganzas y enjuiciamientos precipitados, como producto de un infantilismo caprichoso y mezquino.
Nunca se debe olvidar que Dios es el Excelso Padre de todos, víctimas y verdugos, usando la misma beneficencia y probidad para uno como para el otro. Entre tanto, nadie permanecerá impune en sus errores, por cuanto éstos se insertan en la conciencia del culpable, quien, hoy o más tarde, anhelará la rehabilitación y el reequilibrio, o caerá en alguna ocasión propicia, en las mallas malévolas que haya entretejido para los demás, y de las que no conseguirá liberarse, sino con esfuerzo restaurador.
Los espíritas, nuevos cristianos sustentados por el Consolador, deben revivir en ese comportamiento valioso de unión por la plegaria y la meditación, el mismo ministerio ejercido por los cristianos primitivos de los tiempos apostólicos, quienes, con unción y fervor, se elevaban a los Cielos, en tales momentos, recibiendo de allá la inspiración y el amparo para las arduas luchas a las que aspiraban, para las labores santificantes a las que se entregaban y para mantener el ardor del ideal al que se donaban.En consecuencia de tal actitud, y debido a la perfecta identificación de propósitos y superioridad de los anhelos, sensibilizaban a los Mensajeros Celestes quienes se comunicaban en memorables manifestaciones, produciendo transfiguraciones, voces directas, materializaciones santificantes, con las cuales obtenían el alimento espiritual y el vigor para enfrentarse a sí mismos y, ofrecerse después en holocausto vivo por la Causa del Cristo en la Tierra, antes que por las propias causas, nacidas de cuestiones rutinarias.
En la oración, la criatura suplica y se presenta a Dios; por la inspiración profunda y reconfortante, el Señor responde y se revela al aprendiz.
Nadie puede elevarse a los pináculos de la gloria espiritual, sin disfrutar de esos momentos -pausas de unión con Dios, en los que el tiempo y el espacio se funden en un instante de la Eternidad, donde se diluyen los límites y los planos terrenales de efímera duración.
El calvario fue precedido por el huerto del abandono y de la oración, y la madrugada de la resurrección fue anticipada por el silencio mortal de la meditación de la sepultura.
Oración, meditación, en consecuencia, son los términos - base de la ecuación de la fe, en la búsqueda del alimento para la sobrevivencia a las vicisitudes del tránsito carnal por los rumbos de la inmortalidad.
Es de primordial importancia que todos, encarnados y desencarnados, prosiguiendo con la imperecedera lección del Maestro, que nos reunamos para orar, a fin de que, elevándonos hacia Dios, descendamos para la aplicación y vivencia de los verbos amar, servir y pasar...
JUANA DE ANGELIS
Mensaje psicografiado por Divaldo Pereira Franco