LA EDUCACION SEXUAL
La educación sexual, como parte que es de la educación integral, debe comenzar prácticamente desde la cuna, a partir del momento en que el niño, investigando su propio cuerpo, descubre sus órganos genitales y se pone a tocarlos con las manos.
Tal descubrimiento debe ser encarado por los padres con la mayor naturalidad, no justificándose, absolutamente, digan al bebé que "eso es feo"; y menos todavía que le hagan amenazas o le castiguen a causa de esos toques.
Continúa cuando, alrededor de los tres años, el niño y la niña, notando que existe una diferencia entre ambos, se ponen a hacer indagaciones al respeto, además con la mayor inocencia y pureza de este mundo, dando lugar a que les satisfagamos la curiosidad, diciéndoles que, él, como hombre, tiene el modo del padre, y ella, siendo mujer, se parece a la madre.
En esa edad, tanto los niños como las niñas ya pueden saber que los bebés nacen de la barriga de las madres, así como designar los respectivos órganos sexuales por palabras que no sean peyorativas ni complicadas.
En la infancia, vía de regla, los esclarecimientos sobre cuestiones sexuales son dados por la madre, mas pueden ser dados por el padre, en caso de que él se dirija a él primero.
En la adolescencia, se recomienda que el padre dé la orientación al chico y la madre a la chica, por razones obvias de mejor testimonio personal.
Esos informes deben ser progresivos y proporcionales al grado de desenvolvimiento psicológico del educando, teniendo en cuenta, todavía, la sensibilidad de cada uno. Es de buena ley que se espere a las preguntas, para entonces responderlas.
Indagaciones como: "¿de dónde vine?" "¿por qué yo no tengo pipí, como mi hermanito?" y otras semejantes, raramente dejan de ser hechas y si los padres las reciben sin escandalizarse, dándoles las respuestas tranquilamente con la mayor simplicidad posible, granjearán la confianza de los hijos, animándoles a que les hagan otras, siempre que estén en duda o demuestren estar maduro para nuevas revelaciones.
El ambiente familiar, aquí, es de suma importancia. Un niño que se sienta amado por los padres y esté habituado a conversar con ellos, hará tales preguntas con toda espontaneidad y, llegada a la fase de la adolescencia, cuando el sexo dejará de ser simple curiosidad para convertirse en inquietante vivencia personal, no tendrá dificultades en solicitar y obtener de ellos la orientación correcta y segura que necesite.
El niño, sin embargo, que se resienta de un clima afectuoso y comunicativo, o cuyos padres sean de aquellos que entienden, erróneamente, nada deben decir a los hijos sobre el asunto, "para no destruirles la ingenuidad", buscará, de seguro, otras fuentes de información (generalmente amiguitos un poco mayores), junto a los cuales recibirá lecciones teóricas y prácticas, sabiendo de "todo" casi siempre antes de la hora y, lo que es peor, de manera desfigurada, obscena, vil.
La educación sexual, al contrario de los que algunos espíritus retrogrados todavía imaginan, no consiste en sofocar. combatir, reprimir un instinto natural, injustamente malsinado corno diabólico y vergonzoso. Consiste, eso sí, en favorecerle la evolución, amparándole y guiándole a través de las diversas fases de su desenvolvimiento, de modo que alcance la madurez, sanamente, sin el peligro de las manifestaciones precoces o libertinas, incompatibles con los códigos de la Moral y de las buenas costumbres.
Lamentablemente, ciertos padres "pra-frentex" dan a los hijos más informaciones sobre el sexo de lo que el grado de madurez de ellos podría soportar; favorécenles la lectura de toda clase de publicaciones que traten del asunto, y se dan por satisfechos con eso, olvidándose de que lo más importante, en educación sexual, no es informar, sino FORMAR.
Sin duda, la información es necesaria, porque "calma, equilibra y previene los riesgos de la ignorancia", conviniendo se sepa que, en materia de sexo, "es preferible una información correcta un año antes que cinco minutos después."
La formación, sin embargo, es de mucha mayor relevancia, mayormente ante la supervalorización (diríamos abaratamiento del sexo, con que se encuentran los jóvenes de hoy).
El cine, la televisión, los periódicos, las revistas y las agencias de publicidad, como que mancomunados en un total irrespeto a la sacralidad del cuerpo humano, exploran ignominiosamente a la mujer, sirviéndose de ella cual mercancía barata, para satisfacer a una clientela ávida de erotismo. Provocan, con eso, una verdadera subversión de los principios establecidos.
A su vez, pregoneros de una "nueva moral", en que la virginidad, la honra y la fidelidad conyugal son tratadas como cosas obsoletas, contribuyen también, para solapar los cimientos de la familia.
Urge, por tanto, que los padres, superando sus propias deficiencias en ese terreno, o abandonando la "solución del avestruz", tomen la firme decisión de proteger sus hijos contra los enormes peligros que los cercan y los asedian a todo instante y de todos los lados.
Para eso, es preciso conducirle a la autodisciplina en lo tocante a la vida sexual, haciéndoles comprender, eso sí, que ser libre no es ser irresponsable, no es hacer lo que bien se entiende, mas vivir de acuerdo con las leyes divinas, dominar los instintos por la razón, decir "NO" a los llamamientos de los placeres desordenados.
"Los padres son los maestros de la educación sexual de sus hijos, indicados naturalmente para esa tarea, hasta que el orbe posea por toda parte las verdaderas escuelas de Jesús, donde la mujer en cualquier estado civil, se integre en la divina misión de la maternidad espiritual de sus pequeños tutelados y donde el hombre, convocado a esa labor educativa, se transforme en un centro de paternal amor y amoroso respecto para con sus discípulos"
(Francisco Cándido Xavier, Emmanuel, El Consolador, C. 111)Rodolfo Calligaris