DEFECTOS DE LOS PADRES¡ Espíritas! comprended el gran papel de la Humanidad; comprended que, cuando producís un cuerpo, el alma que en el encarna viene del espacio para progresar; enteraros de vuestros deberes y poned todo vuestro amor en aproximar a Dios esa alma; tal es la misión que os está confiada y cuya recompensa recibiréis, si fielmente la cumplís. Vuestros cuidados, la educación que le deis auxiliarán su perfeccionamiento y su bienestar futuro. Recordad que a cada padre preguntará Dios: ¿qué hicisteis del hijo confiado a vuestro cuidado? Si por culpa vuestra él se conservó atrasado, tendréis como castigo, verle entre los espíritus sufridores, cuando de vosotros dependía que fuese, dichoso." ¡ Madres! Haceros merecedoras de los gozos divinos que Dios conjugó a la maternidad, enseñando a vuestros hijos que están en la Tierra a perfeccionarse, amar y bendecir. ¡Mas oh! muchas de entre vosotras en vez de eliminar por medio de la educación los malos principios innatos de existencias anteriores entretenéis y desenvolvéis esos principios, por una culposa debilidad, o por descuido y, más tarde, vuestro corazón, ulcerado por la ingratitud de vuestros hijos, será pera vosotros, ya en esta vida un comienzo de expiación." (Allan Kardec, El Evangelio según el Espiritismo, cap. XIV, n.o 9)
Humanos que son, madres y padres, aunque amen mucho a sus hijos y se empeñen en hacerles todo el bien posible, se resienten de ciertos defectos que, unos más, otros menos, pueden abalar la vida afectiva de ellos, o comprometerles el comportamiento futuro.
He aquí algunos, escogidos entre los más generalizados:
Agresivos - los que no saben disciplinar sin apelar a las agresiones, verbales o físicas, a saber: gritos, humillaciones, insultos, castigos corporales y otras formas de violencia. Traumatizan a los hijos, volviéndoles excesivamente sumisos, o, por el contrario, haciendo de ellos criaturas rebeldes y odiosas.
Alcohólicos - Se incluyen en esta rúbrica no solo los borrachos propiamente dicho, sino también, los bebedores más discretos, que, llevados por el uso consuetudinario de los aperitivos y de los drinks, a un estado de irritabilidad permanente, acaban volviéndose insoportables, inflingiendo malos tratos y vejaciones a la familia. Generan ansiedades, afectando seriamente el desenvolvimiento psíquico del niño.
Alienados - Clasificación propia de los padres que, absorbidos por la profesión, por los negocios o por la vida social intensa que llevan, nunca están disponibles para los hijos, dejándoles al abandono, o, cuando menos, entregados a los cuidados de sirvientes. Suscitan carencia afectiva.
Angustiados - Entran aquí aquellos padres que se preocupan demasiado con los hijos y viven bajo el temor de que les ocurra siempre lo peor. Si, un día, comen menos que de costumbre, recelan estén enfermos; si, otro, se atrasan diez minutos en la vuelta al hogar, imaginan hayan sido raptados o atropellados, etc. Contagian a los hijos, haciendo que se tornen, también, ansiosos e inseguros.
Chantajistas - Se cuentan entre éstos, con más frecuencia, las madres que, no sabiendo como granjear la obediencia, la estima y el respeto de los hijos, intentan conseguirlo a través de actitudes perniciosas, como las frases de efecto: " ¡ cualquier día me voy de esta casa!" o "¡yo todavía me suicido!", entremezcladas de apelaciones sentimentales: " ¿queréis matarme de disgusto?", " ¿ tenéis el coraje de dejarme sola, sabiendo que no me siento bien?" Les provocan angustia y sentimientos de culpabilidad, cuyos maleficios pueden perdurar por toda la existencia.
Competidores - Defecto común entre genitores inmaduros, es decir, mal preparados para tan importante papel. Es el padre que disputa con el hijo el filete mayor o se pelea con él por cualquier tontería, como si fuesen ambos de la misma edad. O la madre que pasa a la hija "para atrás" en materia de vestimenta y, normalmente, busca la propia satisfacción, destaque social, etc., en detrimento de la hija adolescente, también ansiosa de afirmación y de participación en el banquete de la vida. Desfavorecen la madurez de los hijos, los cuales, a su vez, tendrán dificultades en perder o renunciar a algo, con dignidad.
Desconfiados - Espían todos los pasos, controlan todas las llamadas telefónicas, en fin vigilan todos los minutos de la vida de los hijos, inquiriéndoles sobre todas sus actividades. No les respetan, siquiera, el sigilo de la correspondencia y sospechan, con frecuencia, de cosas que jamás cogitaron. Acaban por conducir a los hijos a la mentira o al par de cinismo.
Dominadores - Exigen que los hijos pidan permiso para todo, hasta para jugar; que obedezcan de inmediato a todas sus determinaciones; que, al ser amonestados, se callen y no les respondan nada; que, incluso sin la indispensable preparación psicológica, acepten y se conformen con toda y cualquier medida dictada exclusivamente por los intereses paternos. Impiden, así, que los hijos marchen hacia la autonomía, uno de los objetivos primordiales de la educación.
Débiles - Aquellos que, sea por indiferencia, sea por miedo de no ser amados por los hijos, no osan contrariarlos en nada, ceden a todos sus caprichos y exigencias, soportan sus desacatos y provocaciones, limitándose a constantes amenazas, en las cuales nadie cree: "la próxima vez que hagas eso..." , "¡cualquier día te mato! "¿Consecuencia de esa incapacidad de disciplina? Responden las estadísticas: "De los 14.000 menores juzgados en 1956 en Francia (delincuentes), 80% eran hijos de padres débiles"
Fríos - Son los padres que mantienen a los hijos a distancia; que nada hacen por atraerlos o conservarlos junto a sí; que nunca dialogan con ellos, o solo lo hacen para reclamar acerca de su comportamiento. Concurren para que los hijos se tornen personas calladas, introvertidas, con escasos recursos de comunicación.
Frustrados - Tales son los que, no habiendo sido capaces, o no habiendo podido concretizar determinados ideales, quieren obligar a los hijos a ser lo que no consiguieron ser: el primer alumno de la clase, récord de natación, eximio músico o un modelo de virtudes. Casi siempre, agotan a los hijos con esfuerzos por encima de sus fuerzas, o entonces les atormentan, acusándoles de ser poco inteligentes, desaliñados, de mala índole, etc.
Inseguros - Son aquellos padres que se muestran siempre indecisos sobre como disciplinar a los hijos. No teniendo noción exacta de sus funciones, ni de los objetivos a ser alcanzados por la educación, ora pecan por el exceso de rigor con que les tratan, ora por el aflojamiento total de las exigencias. Desorientan a los hijos, impidiéndoles formar un buen carácter.
Perfeccionistas - Pretenden obtener de los hijos un comportamiento ideal: que a los dos años sean aseados, a los cuatro tengan cuidado con sus juguetes y no los rompan, a los seis ya sepan arreglar sus cosas en el más completo orden, a los ocho sólo traigan buenas notas de la escuela, y así en adelante. Está claro que los padres deben estimular a los hijos en la búsqueda de la perfección, pero exigir que sean irreprensibles en todo lo que hacen es simplemente absurdo, pues ni incluso los adultos lo consiguen. El perfeccionismo es siempre contraproducente, porque cuando no transforma a los educandos en criaturas escrupulosas, llenas de sentimientos de culpa, puede conducirlas, a una reacción contraria, a la desidia y al relajamiento moral.
Posesivos - Al revés de crear a los hijos para el mundo, como les compete, libertándoles gradualmente de su tutela, a fin de que se tornen capaces de trazar y recorrer sus propios caminos, ellos obran de manera a mantenerlos en total dependencia. Considerando a los hijos cual propiedad suya, todo lo deciden por ellos: lo que deben vestir, lo que les conviene comer, con cuales amiguitas pueden jugar y salir, que carrera deben seguir e incluso (cuando lo permiten) ¡ con quién se deben casar! Impiden que los hijos crezcan, maduren y se afiancen en la vida.
Superprotectores - Están comprendidos como tales los progenitores que se exceden en los cuidados que deben tener con los hijos, protegiéndoles más de lo necesario. Esta superprotección puede asumir los mas variados aspectos, como, por ejemplo, evitar que los hijos se cansen, que se hieran, que enfermen, que sean influenciados por malas compañías, que sufran decepciones, que sean víctimas de injusticias y persecuciones, etc.. Personas a las cuales se dispensó demasiada protección en la infancia jamás se sienten adultas: incapaces de defenderse por sí mismas, cuando ya no tengan quien las proteja, quedan desarmadas para enfrentar los obstáculos de la vida.
Urge reconozcamos cuales de esos defectos nos son comunes y cuanto esfuerzo nos será exigido en el sentido de eliminarlos o por lo menos atenuarlos, para que sus consecuencias se tornen menos perjudiciales a nuestros hijos.
Rodolfo Calligaris
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