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SEXO, SEXUALIDAD Y AMOR

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En razón del impacto que la ética moral sufre por parte de la alienación que domina a los hombres, surge una lamentable confusión al respecto del sexo y de la sexualidad, del sexo y del amor, sin preocupación alguna por establecer las líneas divisorias que imponen una conducta compatible con el estado cultural del momento.

El sexo, como es sabido, define la línea orgánica en la que se ejercitan los seres, diferenciando de la sexualidad, que es un conjunto de condiciones anatómicas, fisiológicas y psicológicas que determinan el sexo de cada uno.

Se puede utilizar el sexo, por instinto o corrupción de costumbres, sin que se ejercite la sexualidad.

El sexo atiende a impulsos de la etapa primitiva del ser, mientras que la sexualidad obedece al equilibrio de la razón, que establece las condiciones necesarias para su aplicación.

En la sexualidad se hace indispensable el amor, que se manifiesta por medio de los sentimientos y que alcanza las expresiones que se canalizan en favor de la función sexual.

Para dichas realizaciones - la sexualidad y el sexo -, la mente es factor de vital importancia, puesto que es la estimuladora de las funciones pertinentes a ambas.

Normalmente se practican actos sexuales sin el equilibrio de la sexualidad, así como sin amor, aunque se informe que sexo y amor son cosas idénticas.

Los animales se unen y reproducen sin que el amor, que es la expresión del sentimiento de la razón que aún no poseen, esté presente.

Con la mente, el hombre utilitarista está agotando sus funciones genésicas, porque estando insatisfecho, siempre recurre a actividades viciosas en detrimento de las funciones y de la plenitud que el amor, en su elevado contenido, propicia.

Entregándose al sexo, antes de poseer la madurez emocional que le facilita el equilibrio hormonal, muy pronto daña la sexualidad de intrincados y sutiles mecanismos que, en el futuro y aun bajo la acción del amor, no logrará responder a la llamada del sentimiento.

El uso desordenado del sexo hace que él pase a regir la mente - el placer continuado fijándose en los paneles mentales - en vez de conducir ella la función sexual.

Entonces, cuando llega el momento del matrimonio, los individuos no habituados a una disciplina correcta, se entregan a excesos, destruyendo la primera finalidad de la unión, que es la vivencia del amor, desmoronando así la construcción de la posible felicidad que, cada día, se hace más difícil.

Por desequilibrio moral, uno de los esposos, el más vicioso, o los dos, comienzan a buscar experiencias nuevas fuera del hogar, traicionando al compañero y creyendo, así, en el innecesario adulterio que más corrompe al ser, hasta llevarle de retorno a la vida vulgar que antes mantenía. La separación, entonces, se producirá automáticamente, provocada por el alejamiento emocional y el desinterés sexual, adviniendo las antipatías y rechazos que acaban en escenas muy lamentables.

El sexo tiene una finalidad específica, que es la de reproducción de los seres.

La Divinidad le ha propiciado reacciones de placer y bienestar para que el acto de la procreación se realice en un clima de satisfacción, atrayendo las criaturas unas a las otras.

Sin embargo, puso al amor como mediador indispensable, para que la pareja pueda ayudarse en los momentos difíciles, renunciando cada uno, cuando sea necesario, en beneficio del otro, o sacrificándose en favor de la prole, del conjunto familiar.

Hay quienes dicen que el matrimonio en este instante "es una institución fallida", pero no presentan ninguna alternativa para la construcción de la familia, haciendo de la criatura humana un animal sexual que usa y abusa, dejando, en consecuencia, la prole al abandono...

Si el matrimonio no es todavía un medio perfecto para el mantenimiento de la armonía de los seres, la culpa no es suya, sino de los individuos que se comprometen antes de tiempo, o que lo utilizan como fuga, sin la necesaria reflexión que exige tal actitud...

Cuando el amor dirige las sensaciones, irguiéndolas hacia el área de las emociones, se hace más fácil superar los problemas conyugales, reorganizándose los programas afectivos y reencontrándose el placer de la convivencia.

Toda unión fraternal, comercial, matrimonial, o sea cual fuere, experimenta crisis, que resultan de las dificultades que los hombres tienen de entenderse todo cuanto deben.

El orgullo, el amor propio, la inseguridad personal responden por las desconfianzas, las inferioridades que producen sospechas y propician la separación precipitada antes de que el problema pase por el cedazo de la razón y de una meditación más profunda, mediante lo cual se calma la situación y se reanuda el compromiso, que prosigue, quizás, más seguro y más profundo.

Además, es posible que una persona pueda explotar a otra sexualmente, sin sentir nada por ella. Pero no siempre es igual a la recíproca y si la otra, por acaso, se apasiona, vinculándose emocionalmente a quien le perjudica, se crea una situación kármica para el explotador, de la que no se libertará fácilmente.

La vida humana es muy importante para ser malbaratada con indiferencia.

Quien se convierte en víctima de otra persona, se imanta a ella espiritualmente, creándole problemas de tardía solución.

El sexo y la sexualidad merecen respeto y buena utilización para atender la finalidad para la cual la Vida los ha organizado.

Cuando un Espíritu reencarna por múltiples existencias en un sexo y lo cambia por necesidad evolutiva, vuelve con la anatomía diferente pero mantiene la psicología anterior, produciéndose una serie de dificultades de adaptación al nuevo cuerpo. Pese a eso, el respeto por la forma actual debe ser mantenido, evitándose así compromisos morales negativos, que impondrán necesarios rescates futuros.

El sexo es un medio y no el fin primero de la vida.

Solamente con el amor, el sexo consigue atender correctamente el fin para el cual fue creado por Dios, como instrumento momentáneo de la reproducción de la vida.

Humberto Mariotti

Mensaje psicografiado por Divaldo Pereira Franco

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